Historias de lobos

Esta historia de lobos me la contó este verano un asturiano en una sidrería llamada Boal. Por esas casualidades de la vida, días después estuve en Boal, el pueblo entre las montañas astur-galaicas, y me dijeron que después de mucho tiempo se habían vuelto a escuchar aullidos de lobos en los montes.

lobo_aullando a la luna

Esto podría ser lo que llaman una serendipia, pero a mí me sirvió para que la historia que había escuchado unos días antes en Gijón no cayese en el olvido.

Según parece, los lobos son más fuertes que los mastines que cuidan los rebaños en el monte. Pueden con ellos y lo saben. Es prácticamente seguro que en una pelea mastín-lobo este último vaya a salir victorioso.

Pero como todo cuesta un precio y el mastín es un rival nada desdeñable, el lobo puede salir bastante malparado de la batalla, aunque la haya ganado.

Eso al lobo no le interesa, ganar a cualquier precio.

Hay mayor posibilidad de que ataque si va en manada, porque ahí si sabe que los descalabros derivados de la contienda serán mínimos.

Pero un lobo solitario raramente atacará a no ser que no le quede más remedio, porque sabe que el precio de la victoria probablemente sea demasiado alto.

No se puede permitir el lujo de salir ganador de la contienda pero malparado, porque tiene que cazar para sobrevivir y para ello necesita estar al 100% “fit”.

Otra cosa es que si se siente atacado por cualquier enemigo, entonces el lobo sí se defiende aunque esté apartado de la manada. Pero digamos que no es de los que entran al trapo.

Si puede elegir, nunca será el primero que ataque a un adversario de peso, aunque sepa que puede ganarle.

Y hasta aquí la historia. No sé si será verdad, por cierto. Yo tampoco entiendo mucho de fauna. Pero me pareció interesante.

Reflexionando sobre el tema, podemos llegar a la conclusión de que los razonamientos de un lobo son aplicables a muchos humanos.

Algunos de nosotros somos como los lobos solitarios: calculamos los riesgos de antemano, y aunque podamos ganar una partida con relativa facilidad, quizás no nos compense el tiempo y esfuerzo invertidos. No nos interesa ganar a costa de daños colaterales.

Otros, sin embargo, nos lanzamos a la piscina sin considerar que, aunque consigamos nuestro objetivo la victoria puede ser pírrica.

Pirro, el rey de Epiro, logró ganar a las tropas romanas a costa de perder a casi todo su ejército. Vamos, que no volvió a casa con el rabo entre las piernas, pero como él mismo dijo, a poco más y se vuelve solo.

Justo lo que el lobo no haría.

“Una retirada a tiempo equivale a una victoria”, dice el refrán.

Quizás aquí lo más importante sea conocer al enemigo, al obstáculo contra el que te enfrentas. Saber de antemano cuáles son las posibles pérdidas derivadas del enfrentamiento y decidir si te merece la pena asumirlas.

«Quien ama el peligro perece en él», dice otro refrán.

El lobo es un superviviente nato. Y quizás esta misma condición la tengan también quienes evitan la confrontación para ahorrarse una situación incómoda.

Pero si no hablamos de un simple enfrentamiento verbal, sino de situaciones que entrañan riesgos reales, ¿hasta qué punto uno es un superviviente si evita el riesgo a toda costa? En la vida, ¿no merece la pena de vez en cuando tirarse a la piscina, aunque acabes de ponerte ciego a Fantasmikos y corras el riesgo de que se te «corte la digestión»?

A medida que avanza la vida, las personas vamos viendo cómo hemos ido dejando atrás ciertos sueños, algunos simplemente porque eran irrealizables, otros solo porque entrañaban riesgos que no nos atrevimos a asumir.

Todos somos, en cierta medida, lobos solitarios. Quizás la única diferencia sea que algunos ven mastines donde solo hay chihuahuas. 

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